Observa la luz y, tras comprenderla, la descompone en los colores que sirven a “su causa”. Esta es siempre hermosa.

Hace ahora treinta años, quizás algunos más, cuando preparábamos el nacimiento de “Gazeta del Arte” Julio García Peri, el editor, y este servidor de ustedes visitamos en su despacho de la presidencia de IBM a Fernando Asúa –hoy habría que decir padre- para acelerar, o tratar de conseguirlo, unas importaciones para la modernización de las imprentas en que trabajábamos. Allí lucía un hermoso cuadro impresionista que, tras la entrevista, admirados, le atribuimos a André Derain. ¿Qué menos se podía esperar entonces de una multinacional de tanto brillo y postín? Supe, pasado el tiempo, que el cuadro que llamó nuestra atención era obra, una de las primeras que había colocado en el mercado, de Paloma Hinojosa: el fruto de una beca de la Fundación Rodríguez Acosta.

Las notas biográficas que publican las enciclopedias al uso dicen de Paloma Hinojosa “que es autodidacta”. Nada más falso. Aparte de que, cuando niña, tomo clases del viejo Manuel Mingorance, al que tanto deben muchos de los creadores de su generación (¿qué habrá sido de la máquina eléctrica para pintar que se sacó del magín?), esta mujer se enclaustró en el Jeu de Paume y se hizo transfusiones de impresionismo hasta que, sabiéndose hasta las paredes, aprendió a ver como Marc Chagall y Camille Pissarro, a sentir como Édouard Manet y Claude Monet, a pensar como Pierre Renoir y Paul Cézanne y a manejar los pinceles como su precursora Berta Morisot.

A la Morisot, las hortensias más bellas de los jardines de Francia, la escribió un texto poético delicioso – Tante Berthe- su sobrino Paul Valéry. En él se dice que los pintores solo deben pensar con los pinceles en la mano. Eso es, justamente, lo que hace la Hinojosa –ya se merece el artículo que solo le cabe a los grandes-. Observa la luz y, tras comprenderla, la descompone en los colores que sirven a “su causa”. Esta es siempre hermosa. Lo mismo en los grandes formatos que en sus cuadros de tamaño mínimo averigua la dirección del sol y proyecta sus rayos con el capricho de todas las reverberaciones cromáticas posibles y, alguna más, imposible, que le sale de los pinceles. Todo ellos con una técnica irreprochable cosa que, dicho sea de paso, no puede ser atribuida a muchos de sus colegas de oficio y afinidad estética. Al impresionismo se llega por la mirada y se perfecciona con una manera de entender la vida y el arte; cuando es consecuencia de una limitación técnica, o de una carencia del lenguaje plástico, es otra cosa y carece de valor y encanto.

Los paisajes de la Hinojosa son excelentes. Se acota y describe en ellos un lugar concreto, cuasi palpable; pero ahí, lejos de acabar, comienza el fenómeno de sus cuadros. Ignoro si los inventa, los recuerda o los toma del natural –todo eso no importa nada-; pero en ellos, aunque no haya figuras humanas, hay vida. De ellos podría extraerse, literariamente, el zumo de quienes los habitaron y hasta el de quienes podrían poblarlos porque, al final, la maestría de la artista, aparentemente sencilla, tiene la complejidad de la intención, la carga de las ideas y el valor de una provocación emocional para el espectador que, por destinatario, ha de concluir la obra.

Paloma Hinojosa está llena de premios y reconocimientos. Bueno es que así sea, pero eso solo interesa para las necrológicas. La pintura conviene verla con el menor número de referencias de su creador. En estado virginal. No conviene intelectualizarla, mercantilizarla, clasificarla ni mucho menos, interpretarla. Basta con ver y sentir. Lo conceptual queda mejor encuadernado y la sensibilidad, tan tontamente valorada, es, en el mejor de los casos, soda para el oído. De ahí el interés, intrínsicamente pictórico, de esta mujer que sabe pintar y pinta. Sin más. Por eso es ya, en plena juventud, la Hinojosa.

Ha renunciado a muchas cosas para serlo porque los partos artísticos también cursan con dolor y para ellos no hay epidural que valga.

Manuel Martín Ferrand
Periodista – Premio Mariano de Cavia 2011