Peguen el oído a esta pintura, verán que tiene música, que suena, que vibra, que sueña…con sonidos distintos, que cada uno debe ahormar.

Es el título de la exposición, el de un cuadro de este mismo año, que logra unir el cielo azul y el mar y la playa blanca; el rubro bajo el cual ha querido la pintora amparar y anunciar la presente muestra. Yo la hubiere titulado, “la timidez de la falena y el fuego de la nieve”, más barroco, porque me parece, a primera vista, una síntesis de autora y obra: una mariposa que se quema en las yemas de las llamas de la nieve que cae, en copos, y se queda…

La mariposa es elegante y tímida, vuela con gracia, pero sin arrogancia, hace de la imperfección una ternura. La nieve arde, lo han dicho mil poetas, Neruda, entre otros; la nieve quema, es evidente, al tiempo que se deshace, que se hace transparente y líquida como esta pintura, nada pretenciosa, que sucede, reflejando la belleza del instante, como suceden su visión nevada Place des Vosges.

El color blanco no es asimilable al plata sino al oro. Según René Guénon “El color blanco corresponde al centro espiritual”, muchas culturas asimilan lo blanco con la pureza, Tula, la isla blanca de la India se identifica con “la tierra de los vivientes” o paraíso. Cuando Hinojosa pinta sus Ciudades preferidas, las recuerda nevadas.

No se trata de hacer de la pintura de Paloma Hinojosa, una suerte de convención simbolista, pero, si de explicitar lo que veo y lo que siento en ella. Ir más allá de la simple imagen, de la lectura primera del icono, adentrarnos en su trasmundo, en el paraíso de la belleza y del instante.

¡Qué pena, no está hoy la belleza en las miras del arte!. Pudiera ser, que eso, no solo, pero en principio, fuere el agente que está haciendo del arte coetáneo un paradigma del feísmo, su elogio, su persecución, su imagen.

La belleza es sublimación, dimensión, jamás un demérito para nada. Es el cenit y cada cenit tiene su nadir, que es diametralmente opuesto. La belleza es un estado de plenitud.

El instante goza del privilegio de unir intensidad y levedad, fugacidad e inmensidad, la particularidad y la elegancia de ser irrepetible. Poder captar ese momento preciso, su acmé, es cosa de magia, de arte. Ya sea en un color, en una imagen, en un verso, una mirada o un final de crepúsculo.

Un perfume chagalliano se deja sentir, sin saber de donde viene, que elemento lo produce, si la composición, el color o la estructura de su sintética figuración. Un eco de Dufy, inconcreto, se desprende de su arquitectura cromática, de su facilidad, de su fluidez, de su impronta espontánea, natural, feraz, feliz. Hay más perfumes, que se van arracimando hasta formar uno, que es el que desprende la peculiaridad de esta obra, distinta, fluida, dinámica, sin pesantez, como flotante.

Me interesa resaltar que, tras esa facilidad aparente de esta pintura, hay toda una trayectoria, que ha sido saludada, contemplada, alentada, halagada o corregida, por plumas de alto voltaje, por colegas señalados en la crítica o en su expresión artística.

En el fondo, ni la técnica, ni el lenguaje, ni el oficio, ni la vocación, ni la ambición, valen por sí solas, para que el cuadro nos hable, porque la pintura habla y se dirige a cada cual con un tono idóneo, singular, hasta que lo elige o lo abandona. En demasiadas ocasiones, los cuadros nos eligen, y no sabemos explicarnos, muy bien ni acaso de forma decente, por qué nos gustan o nos rechazan, sin permitirnos debatir sobre la capacidad de su influjo, sin hacernos sentir el poderío de su imán.

Hay en esta pintura algo que obliga a sentirla y pensarla en su totalidad. No solo es el color, o la forma, o el tema, es el conjunto, una forma de llaneza, de darse tal cual, sin artificio, con su dinámica próxima, que no exige grandes discursos teóricos, para verla, para verte a gusto en estos espejos de instantes para recordar, ¡O no sucede así cuando contemplamos “El Encuentro”, “Romántica noche” o “ La belleza de un instante”?

Javier Rubio, poeta y crítico de arte, ya desaparecido, persona de acendrada sencillez, e una crítica, ya antañona, en ABC, lo expresó con exactitud diciendo: “Porque hay mucha vibración humana en la pintura de Paloma Hinojosa”, Es probable que sea el principal aliciente de esta obra, la razón por la que se nos hace cercana, legible, por su “mucha vibración humana”. No es una pintura de concepto, sino de sentimiento, que late en su gozosa naturalidad, indiferente a toda afectación.

Reparad en la mariposa, su vuelo es armonioso, silencioso, melodioso, vibran sus delgadas alas, de una sutileza oriental, y van posándose en el cenit maduro de las flores, libando su muslo caudal, como una necesidad, hasta que cumplen su ciclo vital y se esfuman, como un suspiro que se pierde en la inmensidad. Es una suma corta de instantes bellos, que proyectan originarias, con absoluta prodigalidad y dinamismo.

La falena de la luz se posa en el lienzo, convocando el ocaso y la noche, mientras la nieve arde y el mar se acuesta a descansar, buscando la armonía, undoso, silente, informe, enorme, animal misterioso, que nos halaga, nos cabalga, nos posee y purifica.

Pintura de los sentidos para los sentidos, sucesión de instantes, de aforismos, que apuntan y postulan la belleza de innumerosos instantes, que dejan un estero sensual, donde suena una música, que pone dulce el corazón y lo reanima. ¡Si yo les dijera, que he oído un lejano acordeón, que balbucía una vieja canción, mientras el mar se iba y venía una y otra vez, como ocurre en las playas de Valery, en una playa nocturna, y que esa misma música, la volvía a oír en un boulevard nevado de París, todo sin salir de esta pintura…! ¡Por qué no prueban?

Tomás Paredes
Presidente de la Asociación de Críticos de Arte