Paloma Hinojosa

   A bote pronto se diría que estamos ante una pintora de la escuela de París, con     la paternidad de los fauvistas en el color y los toques de pincel de los impresionistas. Las sabias enseñanzas de Pissarro, Morisot, Matisse, Bonnard, Dufy…, con su oportuna innovación plástica, laten en la pintura de Paloma Hinojosa. La pintora atrapa los asuntos pictóricos con un colorido vibrante de insinuaciones y un dibujo sutil de arabescos. Sus temas, que conforman diversas escenas, van desde las mañanas radiantes en la playa a los nocturnos misteriosos de mar, pasando por gratas terrazas de esparcimiento y laxitud salpicadas de palmeras. Algunas de estas visiones requieren la amplitud formal de un díptico o un tríptico. A una se le antoja que la pintora espía en silencio desde un rincón de esas terrazas, protegida por las plantas, mientras saborea una copa –quizás de piña colada- y toma apuntes en una libreta. La autora observa para cazar imágenes y definir las sensaciones en el dibujo, que seguidamente llevará a los lienzos en su estudio. Son instantes fugaces que ella hace eternos en la permanencia del arte. Ars longa, vita brevis, decían los clásicos. Volar, pararse…sentir es el título de la exposición en Casa de Vacas de Madrid. Eso, y no otra cosa, son los cuadros de la pintora. Paloma Hinojosa nos ofrece siluetas de figuras que entran y salen en los escenarios de los hoteles, personajes que se asientan en las mesas de los jardines o terrazas para beber y contemplar el mar siempre infinito y siempre nuevo, para conversar, para pensar en soledad, para dejarse mecer por el dulce encanto de la vida en calma… Los títulos revelan con frecuencia el mirar o el sentir de la pintora y hablan de paraísos y noches cálidas, de sueños y momentos mágicos, de tardes de verano, de noches tropicales o noches del sur… al tiempo que los carmines dialogan con los verdes y los amarillos cadmio con los fríos azules y blancos, mientras el sol se esconde entre nubes grises o la luna se asoma en el azul marinado del atardecer. En el capítulo de las ciudades –París, Praga, Venecia…-, la pintora las refiere con frecuencia blancas o blanqueadas por la nieve, para que la paleta fría se enfrente a los colores encendidos del ladrillo de las casas o de la vestimenta animada de los paseantes. La nieve le motiva a esta autora o más bien el blanco como estallido de luz radiante, que ella sabe utilizar como envolvente matizador de otros colores. De vez en cuando surge alguna maternidad en la pintura, en la que muestra una especie de “sacra conversatione” entre la madre y el niño, que no necesitan palabras para sentirse y saberse unidos. Es un tema menos recurrente en la obra de Paloma Hinojosa, pero particularmente intenso en los cuadros que lo ha llevado a cabo. En la obra de esta artista se percibe el placer de los buenos momentos, el amor a la vida y al trabajo artístico, el gusto por la pintura, el disfrute por el pigmento más versátil y duradero: el óleo; el entusiasmo por la luz que se va deshaciendo en diversos colores, tonos y matices; el deleite por un dibujo insinuado más que perfilado… En suma, la pintura de Paloma Hinojosa está definida por el dominio de unas constantes que sólo requieren en cada exposición una vuelta de tuerca. Un paso más hacia la excelencia.

                                                                         Julia Saez Angulo